La trilogía de la vejez de Sébastien Lifshitz

Con un estreno aún en cartelera, Una niña (Petite fille, 2020), y con una retrospectiva a parte de su obra gracias al festival Zinegoak, Sébastien Lifshitz parece gozar de un reconocimiento del que no siempre ha gozado. Pero entendámonos, un reconocimiento marginal, residual, como es el de los cinéfilos de festival.

Sus películas observan siempre desde una preocupación en la que ha indagado tanto en ficción como en el documental; la aceptación/rechazo de la homosexualidad en la sociedad. Sus primeros títulos tenían como protagonistas a gente joven, su cámara mostraba los devenires de la adolescencia en claros ejercicios de aprendizaje.

Pero en 2012 rodó Les invisibles, un documental de más de dos horas donde se entrevistaba a personas de mediana y tercera edad que contaban, sin tapujos, su homosexualidad, y su deseo de quedarse a vivir en Francia, un país que les repudiaba y perseguía.

Les invisibles (2012)

El estilo de Lifshitz es lírico cuando graba paisajes y periodístico cuando trata a las personas, de hecho los testimonios los hace con los protagonistas hablando a cámara. Busca una ligereza casi televisiva, pero no renuncia a la emoción puramente cinematográfica.

Personas de diferentes ámbitos, desde la pobreza y el mundo rural hasta la burguesía con casonas y muchos hijos. En los testimonios se habla de otra época, el cristianismo, movimientos activistas.

Bambi (2013)

Otro tema recurrente en la filmografía de Sébastien Lifshitz es la transexualidad y en Bambi es la propia Marie-Pierre Pruvost quien narra su vida, desde que naciera en un cuerpo de chico en Argelia, en una familia chapada a la antigua (cuenta cómo su madre le obligaba a decir su nombre, algo que ella no aceptaba al no sentirse chico). Las imágenes de la protagonista se entrecruzan con imágenes de archivo de los cabarets en los que trabajó cuando se fue a París y conoció un mundo que no la juzgaba y donde podía ser quien era. Y así surgió Bambi, la vedette icónica de una época.

Vídeos caseros, fotografías y la única voz de Marie-Pierre en un emocionante retrato sobre una vida difícil en busca de la identidad.

Les vies de Thérèse (2016)

Y como cerrando esta trilogía accidental, no sé si buscada, pero desde luego unida por un hilo común diferente al resto de su obra hasta el momento, está Les vies de Thérèse, un emotivo retrato sobre la vejez y la muerte. Thérèse ya había salido 4 años antes en Les invisibles y había dado cuenta de su activismo feminista pro-aborto en una época muy peligrosa para dicha reivindicación, máxime si, como la protagonista, defendía sin ocultar su homosexualidad después de haber estado casada veinte años y haber tenido varios hijos.

Es la propia Thérèse la que pide a Lifshitz que haga un documental sobre su vejez, del final de su vida. Que la acompañe hasta el final. Él le avisa que es muy duro lo que le pide, pero ella, con esa sonrisa que siempre tuvo le contesta que es algo que tendrán que llevar con entereza.

A lo largo de la hora que dura la película vemos la rutina de la vejez, sin caer en la caridad, una obra realmente valiosa y muy bella, como la sonrisa de Thérèse.

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